domingo, 30 de noviembre de 2008

Caminante no hay camino- Antonio Machado

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Nunca persequí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...

Nunca perseguí la gloria.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Oda a la critica- Pablo Neruda

Yo escribí cinco versos:
uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso era
corto como un relámpago
y al escribirlo
me dejó en la razón su quemadura.

Y bien, los hombres,
las mujeres,
vinieron y tomaron
la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera
y con tan poca cosa
construyeron paredes, pisos, sueños.
En una línea de mi poesía
secaron ropa al viento.
Comieron
mis palabras,
las guardaron
junto a la cabecera,
vivieron con un verso,
con la luz que salió de mi costado.
Entonces
llegó un crítico mudo
y otro lleno de lenguas,
y otros, otros llegaron
ciegos o llenos de ojos,
elegantes algunos
como claveles con zapatos rojos,
otros estrictamente
vestidos de cadáveres,
algunos partidarios
del rey y su elevada monarquía,
otros se habían
enredado en la frente
de Marx y pataleaban en su barba,
otros eran ingleses,
y entre todos
se lanzaron
con dientes y cuchillos,
con diccionarios y otras armas negras,
con citas respetables,
se lanzaron
a disputar mi pobre poesía
a las sencillas gentes
que la amaban:
y la hicieron embudos,
la enrollaron,
la sujetaron con cien alfileres,
la cubrieron con polvo de esqueleto,
la llenaron de tinta,
la escupieron con suave
benignidad de gatos,
la destinaron a envolver relojes,
la protegieron y la condenaron,
le arrimaron petróleo,
le dedicaron húmedos tratados,
la cocieron con leche,
le agregaron pequeñas piedrecitas,
fueron borrándole vocales,
fueron matándole
sílabas y suspiros,
la arrugaron e hicieron
un pequeño paquete
que destinaron cuidadosamente
a sus desvanes, a sus cementerios,
luego
se retiraron uno a uno
enfurecidos hasta la locura
porque no fue bastante
popular para ellos
o impregnados de dulce menosprecio
por mi ordinaria falta de tinieblas
se retiraron
todos
y entonces,
otra vez,
junto a mi poesía
volvieron a vivir
mujeres y hombres,
de nuevo hicieron fuego,
construyeron casas,
comieron pan,
se repartieron la luz
y en el amor unieron
relámpago y anillo.
Y ahora,
perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando
y me vaya a vivir
para siempre
con la gente sencilla.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Presentación

Dánae y la lluvia dorada

Todo empezó en la mítica ciudad de Argos, situada en el golfo de Tirinto y capital de toda la Argólide, y donde gobernaban, alternándose, dos mellizos: Acrisio y Preto, hijos del famoso guerrero Abante y de su esposa Aglaya.

Acrisio era esposo de Eurídice, y de su matrimonio nació una hija: Dánae, la protagonista de nuestra historia. Ésta vivió una infancia feliz, ajena a la rivalidad que había entre su padre y su tío, provocada por la alternancia en el trono. Esta rivalidad fue aumentando debido a la imposibilidad de Acrisio de obtener un hijo varón, y a las miradas insinuantes de Preto hacia su hija Dánae, que hasta se le aparecían en pesadillas.

Esta tensión constante le hizo entrar en una locura iracunda, al pensar que su heredero vendría de la unión de Preto con su hija, por lo que decidió ir en busca del oráculo… Éste no pudo ser más inquietante y terrible: No sólo no tendría hijos varones, sino que su nieto, el hijo de Dánae, le daría muerte. Así Acrisio, entre un ataque de miedo e ira, recluyó a su hija en una sólida cámara para evitar cualquier contacto carnal de ésta con su tío.

En este punto, llegamos al episodio principal de la vida de Dánae: su unión con Zeus. Éste seguramente se enamoró de ella y decidió usar sus artimañas para conseguir su propósito. Hubiese podido romper la puerta y haberla raptado sin ningún problema, pero como caprichoso que era, quería mantener el secreto, evitando a su vez, que se enterara Hera.

Todo ocurrió en una noche estrellada. Dánae yacía desnuda en su lecho mientras soñaba con la ansiada libertad, cuando por una de las rendijas de la cámara, apareció Zeus, que transformándose en una suavísima lluvia dorada, entró dentro de la habitación. Así, gota a gota, fue cayendo Zeus sobre el cuerpo desnudo y asustado de Dánae, impresionada por tan importante visita. Estas gotas doradas, uniéndose en un abrazo luminoso y vibrante, la poseyeron, introduciéndole la semilla de una nueva vida: la del futuro héroe Perseo.

El hecho estaba ya consumado, cuando Dánae le pidió a Zeus la libertad y su salvación, a cambio de haberse entregado a él. Éste le pidió calma y le prometió su ayuda. Sin embargo, momentos después Acrisio descubre que su hija ha sido poseída, según él por Preto, y decide actuar rápidamente y con crueldad antes de que se cumpla el pronóstico del oráculo. Siguió cruelmente las reglas que imponía la tradición en estos casos: arrojar al niño al río más cercano, en este caso, al mar. Sin embargo, el niño no iría sólo ya que le acompañaría su madre, la cual estaba tranquila por la promesa divina recibida.

Así iniciaron los dos, Dánae y el pequeño Perseo, el viaje dentro del arcón que gracias a los vientos favorables y a las olas impulsadas por Poseidón, llegó a la isla de Sérifos, donde fueron rescatados por el pescador Dictis que los acogió en su casa.

A esta altura del relato es cuando desaparece prácticamente la figura de Dánae y emerge la figura de un semidios: su hijo Perseo, que fue quién posteriormente cortó la cabeza de la Gorgona e hizo que se cumpliera el oráculo sobre su malvado abuelo Acrisio. Todo ocurrió en unos juegos deportivos, donde Perseo lanzó un disco que, accidentalmente, golpeó mortalmente la cabeza de Acrisio, que murió al instante. Así, lo que no quiso hacer Perseo por propia voluntad, se cumplió por voluntad divina. Cumplido el oráculo, ya nos queda poco que contar sobre Dánae, que seguramente encontró la felicidad viendo como su hijo se convertía en un ser vigoroso e inteligente